El Tajogaite, visto con lentes canaristas
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La erupción del Tajogaite en La Palma dejará consecuencias cuya superación será más o menos ardua dependiendo de numerosos factores: la transformación radical del paisaje en aquella zona, las cuantiosas pérdidas materiales públicas y privadas, el enorme trauma emocional de tanta gente afectada, sus necesidades inmediatas de vivienda y sustento, el impacto económico en una comarca y en una isla causado por nuestra secular dependencia de un monocultivo, etc. Todo esto, con ser importante, no es lo único que sigue estando en juego a raíz de esta catástrofe natural. Casi desde el primer momento de la misma pudimos observar con claridad cómo se ponía en marcha la disputa de significantes y la batalla por el control del relato tan propias de la brega cultural canaria. Intentaré retratar someramente algunos de estos elementos a modo de ejemplo.

En primer lugar, si un marcador de primer orden en esta desgracia ha salido reforzado hasta ahora ha sido precisamente la necesidad de contar con medios propios, cercanos y de calidad que reflejen nuestra realidad sin intermediaciones de ningún tipo. La Televisión Canaria, tan denostada  en sus comienzos por muchos de los que ahora la alaban, triunfa abrumadoramente sobre la cobertura de medios españoles que, directamente, no pueden competir con un equipo profesional formado, con experiencia, que pisa sobre el terreno y cada vez más consciente de su papel de servicio público. Los niveles de audiencia dan cuenta del reconocimiento popular. La cobertura que hace nuestra cadena de televisión sobre el Tajogaite no deja de ser un mensaje empoderador acerca de las posibilidades  de la Canarias del siglo XXI de construirse a sí misma sin dependencias ni servidumbres. Tomemos nota.

La conciencia de unidad canaria ha sido también protagonista durante las últimas semanas. Aunque a veces la damos por hecho y no creamos que tenga demasiado valor, emociona comprobar cómo “cuando la desgracia toca a una, toca a todas” y que la gente en las restantes islas es capaz de empatizar de una manera no tan frecuente. Es un fenómeno que, en mi opinión, va más allá de la solidaridad automática habitual en este tipo de sucesos y que nos habla de un sentimiento compartido y una conexión humana que supera en mucho a tantos episodios poco ejemplares de nuestra vida cotidiana en Canarias. No sucede así en todos lados. Un observador atento no debe dejar escapar esta corriente casi telúrica que dice tanto de nosotros como comunidad humana. Es un valor de primer orden, que atesora nuestro pueblo y no debemos menospreciar.

Creo que tampoco es desdeñable el papel cada vez más presente y protagonista de nuestra Academia Canaria de la Lengua, principalmente a través de su presidente y catedrático de Filología Española de la Universidad de La Laguna, Humberto Hernández. Se cuestionó y todavía se cuestiona nuestra capacidad y hasta responsabilidad de nombrar en canario lo que estaba sucediendo. Tampoco esto sucede en todos los lugares. Existen pueblos con el poder de enunciar la realidad y, por lo visto, otros debemos esperar a que nos la enuncien desde fuera. Significativamente, se ha venido expresando esta disputa en el bautizo del nuevo volcán, en la que compartimos la apuesta por Tajogaite impulsada por Jorge Pais, historiador palmero y jefe de la Sección de Patrimonio Histórico y Arqueológico del Cabildo de La Palma, y recientemente apoyada por el INVOLCAN (Instituto Volcanológico de Canarias).

Pero no se limita dicha batalla al nombre del volcán. Un buen puñado de canarismos, creados, atesorados por el pueblo canario a lo largo de los siglos, corren el riesgo de desaparecer si no se está atento y se actúa con criterio: fajana, picón, caldera, jameo, lajial, rofe, islote, jable, humacera, reventar, etc. El caso de “caldera” es especialmente significativo pues se trata de un canarismo que ha sido adaptado al español general y de uso común a todos los niveles. Una cuestionable superioridad del lenguaje científico -que en numerosas ocasiones no hace sino adaptar el léxico común a sus intereses- o vocablos importados desde Hawai para la ocasión, no puede primar sobre este tesoro léxico heredado de nuestros antepasados y que, en buena medida, sigue y seguirá vivo en nuestro dialecto y nuestra toponimia si resistimos a esta empobrecedora ofensiva convenientemente disfrazada de rigurosidad. ¿Por qué es más preciso “delta lávico” que fajana? ¿Porque es una traducción directa del inglés lava delta y forma parte de la jerga profesional de un porcentaje ínfimo de los hablantes, eso sí, con mucho más prestigio y reconocimiento social que las gentes de nuestros campos y costas? 

Por último, la Policía Canaria no ha gozado hasta ahora de la visibilidad y reconocimiento que muy justamente recibe la Televisión Canaria en estos días. Su papel, siendo importante, queda oculto tras la masiva e imprescindible presencia de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, UME, Protección Civil, Cruz Roja, etc. Más allá del justo reconocimiento a quienes están en primera línea, toca reivindicar que nuestra Policía finalmente logre el status que le corresponde, para lo cual nada mejor que incrementar sus efectivos, presencia, funciones, etc. Si esto no se hace, jamás pasará de ser una fuerza auxiliar de otros cuerpos, cuando el objetivo debe ser su despliegue total y exclusivo por todo el archipiélago convirtiéndose en actor protagonista, plenamente capacitado y fiel reflejo del desarrollo de nuestro autogobierno.

Con la mente puesta en La Palma y los palmeros y palmeras, confiando en que el fin de la erupción esté más cerca y comprometidos ya con la reconstrucción de nuestra isla hermana, no dejamos de sostener que la soterrada brega cultural canaria existe, es importante y el canarismo no debe permanecer ajeno a ella, si de verdad quiere reconectar con la sociedad a la que se debe.

* José Miguel Martín es coordinador de Canarismo y Democracia.