Alemania, Quebec y el canarismo
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Mientras los resultados electorales en Alemania nos hacen preguntarnos qué será mejor, si una canciller democristiana con un ministro de finanzas socialdemócrata o un canciller socialdemócrata con un ministro de finanzas liberal, en Canadá, la opción progresista con opciones -el Partido Liberal de Justin Trudeau- consolida su poder tras el paso en falso de las elecciones anticipadas. Ambos son estados avanzados, especialmente en cuanto a su estructura territorial: federal, el primero y confederal el segundo. Frente a quienes quieren presentar el modelo centralista o el autonómico español “a lo bonsai” como el culmen del progreso y desarrollo, la realidad de contextos donde el máximo autogobierno y la negociación entre partes se impone, nos lleva a pensar que mereceríamos otra cosa.

El secesionismo prácticamente no existe en Alemania. La personalidad política de Bavaria viene expresándose tradicionalmente en el apoyo a la CSU antes que en una propuesta de modelo político propio. La fórmula federal hiperdesarrollada atempera las tensiones territoriales entre las partes y parece recoger suficientemente las necesidades de reconocimiento de algunas minorías étnicas como la danesa. Las respectivas constituciones y presupuestos federales organizan la vida colectiva de tal manera que Alemania aparece como la argamasa que hace que el engranaje funcione, la selección de fútbol y poco más. ¿Tiene sentido que en el Estado de las Autonomías, si el presupuesto estatal no sale adelante, se vean empantanados también los presupuestos autonómicos? He ahí una piedra de toque que nos permite cuestionar el aserto tantas veces esgrimido de que “España es el estado más federal después de Alemania”.

En el caso de Canadá, no parece posible que el gobierno federal menosprecie al Bloc Québécois, de perfil socialdemócrata e independentista, proyección de amplio espectro del Parti Québécois, en un exquisito reparto de papeles donde los bloquistas sólo participan en las elecciones canadienses y los pequistas, en las quebequesas. En Ottawa, el Bloc ejerce de partido nacional quebequés con la legitimidad de los 34 escaños sobre 75 alcanzados en la provincia francófona y ser la primera fuerza. Por cierto, que no parece mala idea, en el largo camino del canarismo hacia la constitución de su propio partido de amplio espectro, empezar a situar hitos posibles, sensatos y realistas; prácticos, como por ejemplo acordar que el canarismo siempre vaya unido a las elecciones generales en un Bloque Canarista, como ya sucedió en 2011, 2019 y debe volver a suceder. Que un objetivo tan necesario para nuestro país no se vea imposibilitado por falta de altura de miras y visión estratégica. ¿Seremos capaces de una muestra de madurez así?

Sin la perspectiva de un nuevo referéndum a la vista, la Ley de Claridad de 2000 del Tribunal Superior de Justicia de Canadá parece haber afianzado una nueva cultura para la gestión de las demandas secesionistas, que no pasa por la anulación ni el exterminio de quienes no las compartan. No se pueden impedir dichas demandas, puesto que son democráticas, pero han de acordarse unas condiciones que permitan su expresión en un marco también democrático que no puede desconsiderar al otro desde ninguna de las partes. Se deben poder vehicular dichas demandas y si son lo suficientemente representativas, conducir a una negociación que permita su implementación final con el acuerdo de todos los actores. Y si no lo son, tampoco parece demasiado útil ni inteligente castigar a una parte no despreciable de la población que no está satisfecha con el modelo actual. Algo habrá que cambiar.

En el Estado español se está lejos de un escenario así. La fragilidad de la cultura democrática  a todos los niveles hace, hoy por hoy, impensable hasta que pueda haber referendos legales sobre un proceso de secesión al igual que los hay en estados como el propio Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, etc. Todavía seguiremos parcheando un modelo claramente insatisfactorio y que sólo puede contentar a quienes viven instalados en el “peor era lo de antes” o en el “mejor era lo de antes”, sin mirar al futuro. De momento, en Canarias, en lo que hace a la cuestión territorial, debemos centrarnos en la tarea de desarrollar nuestro autogobierno, que a día de hoy se concreta en un Estatuto con unas treinta competencias reconocidas pero aún por conquistar. Es legítimo imaginar otros escenarios, delirar no lo es tanto. Agotar el Estatuto de 2018 es la tarea fundamental del canarismo y tendrá más posibilidades de éxito si se pone manos a la obra desde la unidad que desde el actual panorama de fragmentación y declive.

* El autor es José Miguel Martín, coordinador de Canarismo y Democracia.