“Los marcadores del canarismo: una tarea pendiente”
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Los marcadores no son otra cosa que aquellos elementos distintivos que conforman la identidad de un grupo, haciéndolo singular con respecto a otro. Son dinámicos pues conocen transformaciones a lo largo del tiempo; están desigualmente distribuidos en función de variables de género, territorio, generación, estatus social, etc.; y, sobre todo, son seleccionados conscientemente en función de su fortaleza y pertinencia a la hora de generar conciencia subjetiva de grupo. En este artículo haremos especial referencia a un grupo, más bien un espacio, sociopolítico, cultural e intelectual que se ha venido articulando con mayores niveles de unidad o disgregación desde 1993: el canarismo.

Dicho espacio, del que participan partidos políticos pero también sociedad civil y personas a título individual, ocupa un amplio espectro ideológico, que abarcaría desde el socioliberalismo hasta la socialdemocracia y representa en líneas generales una voluntad política definitiva de que “todo aquello que afecte a Canarias, se decida en Canarias”. También el canarismo posee una amplia implantación territorial, pues se encuentra en los ochenta y ocho municipios del país y, por ende, en las ocho islas, además de en la diáspora, nuestra novena isla repartida por todo el mundo. Descrito así, pareciera un auténtico caso de éxito a no ser que inmediatamente nombremos una evidente debilidad: la fragmentación organizativa y electoral que lastra considerablemente sus posibilidades de intervención real y transformación de la sociedad canaria.

No es ésta la única debilidad: también lo es un abandono creciente de la propia reflexión acerca de las características definitorias del canarismo, sus marcadores, y una escasa capacidad para cultivar una concepción y práctica de la política que vaya más allá de la estricta gestión económica desde las instituciones. Para hacer honor a la verdad, no creo que sean rasgos exclusivos del canarismo, por más que sea éste el que concentre mis intereses como miembro activo que soy de dicho espacio.

Defiendo con toda firmeza que el canarismo debe ubicarse sin ambages de ningún tipo en el ámbito del pluralismo, la defensa de las libertades individuales, la profundización en la democracia y la soberanía popular de la sociedad canaria en todos aquellos asuntos que le atañen. Frente al “aquí nacimos, aquí decidimos” de las propuestas etnicistas y al “así somos, así decidimos” de las propuestas culturalistas, el “aquí vivimos, aquí decidimos” del canarismo pluralista del siglo XXI. Frente a la búsqueda de un ethnos de reminiscencias cuasi ancestrales, la experiencia democrática del demos canario en su inacabado proceso de autoconstrucción.

Sin embargo, desde el enfoque pluralista no se renuncia ni mucho menos a una visión de la cultura, concebida como arena política para la brega cultural. Se sostiene que existen en las sociedades, también la canaria, visiones, conceptos, ideas compartidas, etc. que conforman una mirada propia hacia la propia comunidad y el mundo que la rodea. En este primer ámbito, habremos de identificar una serie de marcadores simbólicos o condiciones preexistentes que para el canarismo deben ser de importancia fundamental y no meros adornos que sacar a pasear en conmemoraciones o citas electorales. Son elementos que ordenan nuestro mundo y nos vinculan a un pasado no tan remoto, interpelándonos sobre nuestro presente.

En primer lugar me referiré a nuestra raíz profunda y singular, no compartida con ningún otro pueblo del mundo, puesto que los antiguos canarios fueron sin lugar a dudas la única sociedad amazigh de carácter insular. Nuestros antepasados vinieron del continente y aquí se hicieron isleños, canarios, dejándonos una impronta perenne que debe servir para establecer un diálogo renovado con los pueblos vecinos, que vaya más allá del estricto intercambio económico (desigual) para abarcar esos otros intercambios de los que todos nos beneficiaríamos tanto: académicos, sociales, deportivos, culturales, creativos, etc. Y esto sin cuestionar en ningún momento nuestra indiscutible y también genuina europeidad, puesto que nuestra singularidad de pueblo atlántico viene definida por nuestras múltiples pertenencias todas ellas marcadas por y constitutivas de nuestra canariedad.

Como siguiente marcador simbólico del canarismo, haré referencia a nuestra historia de pueblo alzado, que desmiente el mito inducido de la indolencia canaria y que tan certeramente desmontó en su momento Manuel Alemán. El pueblo canario atesora desde su mismo momento fundacional una historia de motines, rebeliones, pleitos, levantamientos populares,… hasta los más recientes y combativos movimientos sociales, como el pacifista por el voto negativo a la integración en la OTAN o el ecologista, contra la imposición de las extracciones petrolíferas frente a las costas de Lanzarote y Fuerteventura. No es verdad que seamos un pueblo conformista. El canarismo debe recoger todas esas banderas para sostener las demandas de la sociedad canaria que, como estamos viendo estas semanas, siguen siendo más que justas y necesarias.

Por último, en cuanto a los marcadores simbólicos del canarismo, quiero nombrar nuestra cultura genuina como elemento de primer orden. No sólo como muestra de una expresividad propia que el pueblo canario ha ido construyendo a lo largo de los siglos, muchas veces tomando como materia prima nuestro raíz indígena, a la que aludí anteriormente (Millares, Chirino, Manrique, Dámaso, Domínguez, Gallardo, etc.) y que se proyecta hacia el futuro en las más variadas disciplinas, sino especialmente en la voluntad impostergable de la construcción de un sistema cultural propio, todavía en proceso: televisión y radio, Academia Canaria de la Lengua, selecciones deportivas canarias, Premios Canarias, Día de las Letras Canarias, oficialización del .ic como dominio propio del Archipiélago en el mundo digital, compañía de teatro y danza nacional, etc. En este terreno, hemos heredado bastante pero es todavía mucho lo que queda por hacer.

Finalmente, quiero aludir a aquellos marcadores cívicos que deben identificar el proyecto y el modelo de sociedad que queremos construir. Quiero situar un primer marcador expresado de la siguiente manera: podemos y debemos cuidar de nuestra gente. Lo más importante de cualquier país, también el canario, es su población. Debemos integrar un concepto amplio del cuidado que abarque no sólo a nuestro Servicio Canario de Salud sino también a los Servicios Sociales, un proyecto de Renta Básica Incondicional,… Pero, además, recordando y poniendo en valor la experiencia histórica de las Milicias Canarias, el canarismo debe reivindicar sin ningún tipo de titubeos el despliegue total y exclusivo de la Policía Canaria en todo nuestro territorio, una Brigada Forestal propia, dotada de recursos suficientes, Patrullas Costeras,… En definitiva, el control total y efectivo de nuestro territorio con nuestros propios recursos en ejercicio de nuestro autogobierno. Que ahora parezca irrealizable no significa que vaya a ser siempre imposible.

Debemos reivindicar también convertirnos en un “laboratorio para la sostenibilidad”, desde la conciencia de la fragilidad de nuestro territorio, que nos obliga a enlazar con la idea previa de cuidado de nuestra gente y definir el límite de carga de nuestras islas, para proyectarnos como plataforma en la que concretar y ejercer nuestra soberanía energética, alimentaria y sanitaria. ¡Ojalá proyectos como el de Chira-Soria sirvan para recuperar la Selva de Doramas que Gran Canaria perdió primero por la industria azucarera y luego por el desarrollo del Puerto de la Luz y de Las Palmas!

Por último, hagamos que el canarismo se dote de dos señas de identidad fundamentales: un modelo de desarrollo propio y un avanzado catálogo de derechos y libertades. Un modelo canarista de desarrollo que pivote sobre instituciones sólidas y eficaces como la Hacienda Canaria y la Agencia Tributaria, sin renunciar a imaginar una economía más diversificada y menos dependiente que la que conocemos; donde se rechacen, sean mal vistas, las diferencias extremas de riqueza, las desigualdades abismales de oportunidades, muchas veces enraizadas en las diferencias territoriales: que nadie vea cercenadas sus posibilidades de una vida digna y plena por haber nacido en El Pinar, Guatiza, Tijarafe o Tuineje. Y una sociedad, que haciendo honor a nuestra larga historia de tierra tolerante y abierta al mundo, sea un auténtico ejemplo donde sus individuos disfruten del más desarrollado nivel de derechos y libertades que se pueda concebir.

He utilizado un poco más arriba el verbo “imaginar” de manera muy consciente, evocando aquello que Benedict Anderson dijo que era una nación: una comunidad imaginada, que no imaginaria. Imaginar esa nación nos obliga a imaginar también esos marcadores, unos heredados, otros por construir, que vayan perfilando ese proyecto democrático y pluralista que debemos ser. Todo el canarismo está convocado a ese ejercicio de imaginación, del que nunca más debemos ausentarnos.

José Miguel Martín, miembro de la Asociación Canarismo y Democracia.

El presente artículo fue expuesto en formato de charla el pasado 21 de junio de 2021 en un acto organizado por la Fundación Canarias Siglo XXI.